Sevilla, además de un color especial, tiene una magia muy particular. Es una ciudad con leyenda dentro de España y, fuera de nuestras fronteras, también es un destino muy deseado por millones de extranjeros que, cada año, pandemias aparte, la visitan intentando descubrir sus múltiples facetas. Porque Sevilla es luminosa, moderna, tradicional, flamenca, divertida, artística… cuna de grandes artistas y sede de muchos monumentos que se quedan para siempre en la memoria.
El origen de la ciudad se remonta a la legendaria Tarsis, fundada por Hércules, quien a su vez la legó a su hijo Híspalo; de ahí el nombre de Híspalis, nombre que adquirió tras las guerras púnicas. Después de la dominación romana y la invasión goda, Sevilla pasó por una época de gran esplendor en el período de Al-Andalus; se convirtió en una de las ciudades musulmanas más bellas con el nombre de Isbiliyya. El auge vino dado por el comercio con el norte de África y por la construcción de algunos importantes edificios, como la Mezquita, de la que todavía nos queda un gran tesoro: la Giralda.
Siempre vinculada al comercio, a principios del siglo XVI se creó la Casa de Contratación para vigilar las personas y/o mercancías que iban o venían a América. La prosperidad se tradujo en una época especialmente boyante para la arquitectura, la imaginería y la pintura. Los viajeros comenzaron a visitarla y a difundir su belleza en el siglo XIX y con la Exposición Iberoamericana de 1929 y la ciudad vivió una nueva juventud con la Expo de 1992.
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